
Cada Mundial tiene su novela, y este parece haber elegido el mismo protagonista de siempre.
Lionel Messi volvió a colocarse en el centro de la conversación, aunque esta vez no por un gol de antología, sino por la interminable discusión sobre el supuesto favoritismo arbitral hacia Argentina. En redes sociales volvió a resucitar el término «VARgentina», mientras aficionados, exárbitros y comentaristas cuestionan decisiones que, casualmente, terminaron beneficiando a la Albiceleste.
Los detractores ya sacaron la calculadora, el reglamento, las repeticiones en cámara lenta y hasta la teoría de la conspiración. Para ellos, el VAR parece tener una función especial: Video Assistant… para Argentina.
Del otro lado, los defensores responden que Argentina sigue ganando porque tiene talento, oficio y al mejor jugador de su generación, no porque alguien le esté acomodando el camino.
La realidad es que, con pruebas o sin ellas, la conversación ya cambió de la cancha al arbitraje. Y eso quizá sea el mayor problema para la FIFA: cuando cada decisión termina bajo sospecha, el espectáculo deja de hablar de fútbol y empieza a hablar de credibilidad.
Porque una cosa es admirar a Messi y otra muy distinta es que, cada vez que aparece una jugada polémica, medio planeta vuelva a preguntar si el árbitro traía silbato… o una camiseta albiceleste debajo del uniforme.
